Wednesday, 3 October 2012

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Mi primera yegua era negra, con una estrella en la frente. Se llamaba Etoilée. Yo tenía catorce años. Imagínate. Tenía granos en la cara y me echaba mazo de maquillaje. Nos habíamos mudado a la sierra. Hacía frío. Montada en una yegua holandesa cómo discernir la miseria que me brotaba de los poros. Cómo calificarla de síntoma de que algo se me estaba pudriendo dentro. Mi entrenadora era militar y me llamaba hijadeputa cada vez que fallaba un salto. Yo la amaba. Empecé a alimentarme de barritas de proteínas porque me sentía gorda y horrible. Me lié con Guille, un chico de mi equipo de competición, en el Box del concurso Infanta Elena. Me enamoré patológicamente de ese minutotreintaycincosegundos que duró el amor. Esa noche no me contestó por el Messenger aunque estaba conectado. Me pegué un atracón de sandwiches de Nutella y seguía sin contestar. Después galletas Príncipe. Y toda la noche vomitando. Al día siguiente falté a un examen de francés de tercero de la ESO porque había perdido a mi primer amor, y con él la dimensión heroica de mi existencia.

Mi segundo caballo era castaño. También tenía una mancha en la frente, pero se asemejaba más a un escupitajo. Yo tenía 16. Estaba liada con un estudiante de medicina. Ya no tenía granos pero seguía pegándome atracones. Cuando quedaba con él no comía. Mi entrenadora murió y yo lloré y fui a misa. Rezaba todas las noches. Dejé al estudiante de medicina porque me amaba demasiado y yo tenía buenas razones para no querer llegar tan lejos. Creía en el amor como creía en el Tercer Mundo, algo magnífico y hambriento y terrible y lejano. Mi padre decía que África era el cielo.

Con 18 empecé a vivir sola. Dejé de comer. Después comí demasiado. Dejé de montar a caballo. La independencia se tradujo en desatino. Alguien quiso salvarme. No le dejé pero permaneció. No me salvaba pero me miraba cagarla una y otra vez. A veces le miraba a los ojos y me veía reflejaba. Era terrorífico. Entonces le abrazaba.

Ahora no creo en salvaciones. O no las necesito. África no es el cielo, papá, es el puto infierno y quien lo niegue es un desubicado. No creo en el amor, como no creo en el Tercer Mundo. Creo en la actividad de las neuronas. Creo en la epidermis. Creo estar exenta de toda profundidad y es por ello que me mantengo a flote. No me hundo porque no tengo donde ahogarme. Mi fe estaba elaborada con las mismas mierdas de un BigMac. La he vomitado. Me he liberado. Estoy delgada. Estoy vaciada. Alguien me dice por whatsapp que me quiere. Juego un rato a creer.

La adolescencia no fue nunca un desarrollo. Fue el fin del mundo.

Y yo soy lo que queda.

8 comments:

  1. Yo no tengo whatsapp, si lo tuviera también te diría que te quiero.

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  2. Los “te quiero” por el WhatsApp son spam malintencionado. Son divertidos hasta que abres el ejecutable y te joden todo tu “sistema operativo”…xD
    Curiosa forma de hablar de tu primera vez. A veces das un poco de miedo, pero solo un poco, luego se pasa y sigo leyendo.
    Besos.

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    1. Es todo fachada ;) gracias por seguir...

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  3. Siempre me has parecido una vieja. En este "post" pareces una vieja de esas que están obsesionadas con cagar.

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    1. Nunca nadie me había definido tan bien.

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  4. Los 'te quiero' que se dicen de verdad. Los que creemos q se dicen de verdad. Los que se dicen de mentira. Los que no se dicen.

    "Querer" existe?

    "Querer bien" existe?

    Y "malquerer"?

    Importa el medio en el que se diga?

    Porqué no habrá interfaces de alma?

    Cuídate.

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