Tuesday, 7 May 2013

Nairobi bitch 2

It is the seventh of May, and the rainy season is coming to an end.
Usijali. It does not matter. Mimi tayari. I am prepared. For the gray skies and dry environment.
Also for the traffic jamb on Kenyatta Avenue full of Toyotas and Matatus.

A street peddler sells the Daily Nation. I read “Uta rudi” “You will return”. I smile, but I shut the tinted window of my car. I always return. I have made returning a scientific fact, a diachronic act. The conflict is that my reference is the equator, that invisible line that does not deceive. But I have no roots. I never know when I will return. I no longer know where my bed is. To not have ancestry is to not have limits.

I get a text: Unataka kupanga pamoja kwa kesho? I think yes, that of course I would like to do something tomorrow. I don't know. I have heard of Muratina; they use it in ukambani to meet God. I reply instantly: Ndio. Tukutane wapi? Saa ngapi? I call Kinyajui: Aterere, nataka muratina. I want muratina. And he laughs. “Crazy mzungu”. He says. You are going to die. He says. Record it. He says.

Another street peddler, barefoot and without teeth, raps on my window. I look at him. He blows bubbles of a thousands of colors that crash on the windshield of the car and mix with the blood of the insects.
The gray highway fills with fragile bubbles that ascend and pop and ascend and exist a few instants. Ah, Nairobi. The eagles up there watch over us. Someone vomits in the gutter and collapses. Some bubble lands next to him. I am at peace.

At night I hear a hyena in the distance. It is the laugh of God, I think. Najua. I know it. And I dream of bubbles. And I am cold. And the hyena does not shut up. And my dream turns into a sad map, full of crosses that indicate the dead and not treasures.


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Es siete de mayo y la estación de lluvias está llegando a su fin.
Usijali. No importa. Mimi tayari. Estoy preparada.
Para los cielos grises y el ambiente seco.
También para el atasco en Kenyatta Avenue lleno de Toyotas y Matatus.

Un vendedor ambulante vende el Daily Nation. Leo “Uta rudi” “Volverás”. Sonrío, pero cierro la ventanilla tintada de mi coche. Siempre vuelvo. He hecho del volver un hecho científico, un acto diacrónico. El conflicto es que mi referente es el ecuador, esa línea invisible que no engaña. Pero no tengo raíz. Nunca sé cuándo el regreso. No sé ya dónde está mi cama. No tener ascendencia es no tener límite.

Recibo un text: Unataka kupanga pamoja kwa kesho? Pienso que sí, que por supuesto me gustaría hacer alguna cosa mañana. No sé. He oído hablar de la Muratina, la utilizan por ukambani para conocer a Dios. Contesto al instante: Ndio. Tukutane wapi? Saa ngapi? Llamo a Kinyajui: Aterere, nataka muratina. Quiero muratina. Y se ríe. “Mzungu loca”. Dice. Vas a morir. Dice. Grábalo. Dice.

Otro vendedor ambulante, descalzo y sin dientes da golpecitos en mi ventanilla. Le miro. Hace pompas de jabón de miles de colores que se estrellan en la luna del coche y se mezclan con la sangre de los insectos.
La carretera gris se llena de pompas frágiles que ascienden y se rompen y ascienden y existen unos instantes. Ah, Nairobi. Las águilas allá arriba nos vigilan. Alguien vomita en la cuneta y se desploma. Alguna pompa de jabón cae junto a él. Estoy en paz.

Por la noche escucho una hiena a lo lejos. Es la risa de Dios, pienso. Najua. Lo sé. Y sueño con pompas de jabón. Y tengo frío. Y la hiena no se calla. Y mi sueño se convierte en mapa triste, lleno de cruces que señalan muertos y no tesoros.

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