Saturday, 13 July 2013

wrong roads

A Maasai in the gutter. Taking a leak. While the sun sets behind the Mombasa Cement factory. At his feet are some dead animals bound by their legs. I pass by with the car, and the dust makes him cough. I have a Maasai blanket, like the one that he has on, at the foot of my bed. Someone gave it to me and told me: everything will turn out alright. When someone says, "everything will turn out alright", it means that everything is turning out badly. The Maasai finishes peeing and walks drunkenly towards where my car has left me stranded. Flat tire. He offers me a dead rabbit. 700 KSh. No, thank you, I tell him. He shrugs and takes another swig of the Tusker that he has in the other hand.

My car of bad luck. It's first owner was Japanese. His wife died and he came to Kenya to see animals, scenery, and exotic things. He found this, that to me is much better than any stupid animal, but for the tourists with delicate souls it usually disappoints. The second owners where a couple that came to adopt a child. The wife died. Now it is mine, and it leaves me stranded every little bit, and the air conditioner doesn't work, and the damned instructions are in Japanese. But I like it. With it I am traveling wonderfully down all the wrong roads.

The Maasai goes away and I am thankful because the rabbits smelled of vice and dirty death. When I was little my grandmother put rabbits in a brown bag and beat them hard against a step. My mother would cover my eyes, not knowing that the worst was the noise that they made. Later at dinner time there was raddit, and my mother told me: look what your grandmother has bought. And I thought that they must take me for a fool, and I also thought that I didn't care at all about eating that rabbit that I had named Potato, because I called all rabbits Potato back then. To me what mattered when I was little was to be grown-up and travel and never marry. I didn't care how many rabbits with names of tubers I had to eat along the way.

Now I don't eat meat because one day they burned the cadaver of a teenager and it started to smell delicious. And I got a fit of heaving that didn't come from my stomach, it came from the very thought. Now every time that I enter a restaurant and smell meat I think of all that has died in my hands. Then I order a salad.

While I eat lunch I talk with the Arabic surgeon. For example, about a three year old boy that is sexually abused. Or, for example, of the last patient that committed suicide in Kikuyuland. And we chew- chew- swallow- talk- chew- chew- swallow- talk. And it looks like we are above all the misery of the world, because we are young and clean and we talk of very dirty things without being stained. But we are condemned. More than anyone. We only play at controlling the issue a little. But oh how we suffer on the cold nights of the dry season. My God, you would have to see us so pathetic.

A woman has given me a Odowa, a stone from Kenya that pregnant women chew. -I am not pregnant- I replied. And the woman laughed and said that she knows that I am a frozen river, but that maybe this can help me. Help me what, I wonder, if fertile solitude is the ultimate expression of freedom that I can find.

I don't know how to change a tire, and I sit on the curb. And the Maasai returns and sits by my side. It is already night; never have I seen nightfalls so ugly as in Kenya; that's why I am fascinated by this country: because it doesn't share the idea of beauty of the North. It's a country of supervisors, of workers, of people bursting, of immigrants. It is a country that kills, but while you died you are distracted by being free. Some call it depravity.

Even my grandmother, the one that killed the rabbits in a second, is disappointed. I feel a bit sad and write her a postcard saying "Dear Grandma, I am sending you this postcard from Kenya. I am very good, very happy. Today I ate rabbit stew, and I remembered the one that you would make. I will go see you soon." I sign with a doodle that has nothing to do with my name, because it is just a pack of lies.

The Maasai's rabbits smell as if we were all going to die right there. It is Saturday, and I am here. Being very free. That's it. And very stupid.

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Un maasai en la cuneta. Meando. Mientras el sol se pone detrás de la fábrica Mombasa Cement. A sus pies hay unos animales muertos atados por las patas. Paso con el coche a su lado, y la polvareda le hace toser. Tengo una manta maasai, como la que él lleva puesta, a los pies de mi cama. Alguien me la regaló y me dijo: todo va a salir bien. Cuando alguien dice "todo va a salir bien" significa que todo está saliendo mal. El maasai termina de orinar y camina borracho hacia donde mi coche me ha dejado tirada. Rueda pinchada. Me ofrece un conejo muerto. 700 ksh. No, gracias, le digo. Se encoge de hombros y le pega un trago a la cerveza Tusker que lleva en la otra mano.

Mi coche da mala suerte. Su primer dueño fue un japonés. Su mujer se murió y vino a Kenia para ver animales, paisajes y cosas exóticas. Se encontró con esto, que para mí es mucho mejor que cualquier estúpido animal, pero a los turistas de alma blanda suele decepcionarles. Los segundos dueños fueron una pareja que vinieron a adoptar una niña. La mujer murió. Ahora es mío, y me deja tirada cada dos por tres, y el aire acondicionado no funciona, y las malditas instrucciones están en japonés. Pero me gusta. Con él estoy recorriendo maravillosamente todos los caminos equivocados.

El Maasai se aleja y lo agradezco porque los conejos huelen a vicio y a muerte sucia. Cuando era pequeña mi abuela metía los conejos en un saco marrón y los golpeaba con fuerza contra un escalón. Mi madre me tapaba los ojos, sin saber que lo peor era el ruido que hacían. Después a la hora de comer había conejo, y mi madre decía: mira lo que ha comprado la abuela. Y yo pensaba que me tomaban por gilipollas, y pensaba también que me daba absolutamente igual comerme a ese conejo al que yo había llamado Patata, porque llamaba a todos los conejos Patata por aquel entonces. A mí lo que me importaba de pequeña era ser mayor para viajar y no casarme nunca. Me daba igual cuántos conejos con nombre de tubérculo tuviera que comerme por el camino.

Ahora no como carne porque un día quemaron el cadáver de un adolescente y empezó a oler delicioso. Y me entraron arcadas que no venían del estómago, venían del mismo pensamiento. Ahora cada vez que entro en un restaurante y huelo a carne pienso en todo lo que ha muerto en mis manos. Entonces pido una ensalada.

Mientras almuerzo hablo con el cirujano árabe. Por ejemplo sobre un niño de tres años del que abusan sexualmente. O por ejemplo, del último paciente que se suició en Kikuyuland. Y masticamos- masticamos- tragamos- hablamos- masticamos- masticamos- tragamos- hablamos. Y parece que estamos por encima de toda la miseria del mundo, porque somos jóvenes y limpios y hablamos de cosas muy sucias sin mancharnos. Pero estamos condenados. Más que nadie. Sólo jugamos a controlar un poco el tema. Pero cómo sufrimos en las noches frías de la estación seca, Dios mío, tendríais que vernos así de patéticos.

Una mujer me ha dado una Odowa, una piedra de Kenia que mastican las mujeres embarazadas. -No estoy embarazada- la rechazo. Y la mujer se ríe y dice que ya sabe que soy río congelado, pero que quizá eso pueda ayudarme. Ayudarme a qué, me pregunto, si la fértil soledad es la máxima expresión de libertad que puedo encontrar.

No sé cambiar una rueda y me siento en la cuneta. Y el Maasai vuelve y se sienta a mi lado. Ya es de noche, jamás he visto anocheceres tan feos como en Kenia, por eso me fascina este país: porque no comulga con la idea de belleza del norte. Es un país de supervivientes, de trabajadores, de gente reventando, de inmigrantes. Es un país que mata, pero mientras mueres te distraes siendo libre. Eso algunos lo llaman depravación.

Incluso mi abuela, la que se cargaba los conejos en un segundo, se siente decepcionada. Me da un poco de pena y le escribo una postal diciéndole: "Querida abuela, te mando esta postal desde Kenia. Estoy muy bien, muy feliz. Hoy he comido guiso de conejo y me he acordado del que tú preparabas. Iré a verte pronto." Firmo con un garabato que nada tiene que ver con mi nombre, porque es tan solo una sarta de mentiras.

Los conejos del Maasai huelen como si fueramos a morir todos ahí mismo. Es sábado y aquí estoy. Siendo muy libre. Eso es. Y muy tonta.


2 comments:

  1. en las películas del oeste siempre lloraba, de pequeña, cuando se caía un caballo. mi madre me calmaba diciendo que también se caían las personas pero yo le contestaba que a mí no me importaban ni los indios ni los vaqueros y seguía llorando por los caballos. (sigue siendo mi monstruosidad)

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  2. Tengo recuerdos semejantes con los patos. Comprar patitos, criarlos, engordarlos, y que desaparecieran para volvr a aparecr estofados. Ganándome sonoras tortas por obstinarme en no comer.
    Y ver matar y despellejar conejos. Odio el conejo. Y los gatos. Les tengo una gobia que se solapa desde que mi abuela me contaban lo parecidos q eran en la postguerra. Y yo preguntaba a mi madre si era conejo o gato. Y se enfadaba. Pero yo estaba aterrada y asqueada.
    Como poca carne. En general. Vivo casi de lácticos y cereales.
    Me estremecen tus escritos. Pero no puedo dejar de acudir a ellos. Me gustaría hacer algo, aunque estoy segura que me equivocaría.
    Soy demasiado literal. Me lo dijeron hace mucho y me lo repiten a veces. Debe ser cierto.
    El único consuelo que me queda es verte sonreír en las fotos. Y ver tu trabajo. Los niños. Las mujeres.
    Y pienso que, bueno, decidiste vivir o ir muriendo, como todos hacemos, ayudando o creciendo o whatever, ahí, en tu amada África. De la que sé que puede embrujar pese a la suciedad, la locura, la pobreza…
    Y que estás donde tú quieres estar.
    Aquí, en Europa, en mi país, en mi ciudad, en mi interior, aparentemente a salvo, se vive o se va muriendo de otra manera.
    Cuídate, por favor.
    Besos.
    Ps- Quiero que me dediques mi librito de proverbios. Así que mantente sana y salva, tenemos que merendar juntas.

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