Thursday, 29 August 2013

cross them out


I have not gone, it's just an interference; it's an autumn.
Madrid, as predatory as always, is covered with leaves that sound like the little bones of the children in Kenya. The crunching that reaches up to one's eyes. That crunching that stains us and infects us. The same crunching that keeps us alive.

I confess that I have not taken antibiotics because the infection is what I have left of you. I keep the fever inside, I fence in it's territory, I tell it: conquer my veins, take my stomach and make it food, liquify the dirty nostalgia that sticks in my lungs, but never touch my mind. My mind leave in silence; it has long been waste.

I protect my belly from so much cleanliness, I swear, I repeat to myself as a creed: my skin is populated by a hundred billion hungry bacteria, my stomach is inhabited by many others, my blood carries fevers from the South that drive my crazy in the North. And so I fall asleep, lulled by the murmur of the sickness. Trying to flee the neat and tidy silence, like a morgue's, that reminds me of the peace described in dictionaries. Dictionaries always so clean and so mendacious. We will forget the concepts, cross them out, cross them out, cross them out, and then we will know that we have lived. 

The children of others will say that veins carry blood. Ours will shout that our veins are pipes. The others will shut their mouths, their eyes, their sex, to cover up that they mature inside. We will let ourselves be invaded by viruses and dirty waters, thus we will celebrate the casting off of life. We won't live. We will let ourselves go, which is more beautiful and compassionate.

Belonging to the residue, that's it, I speak of that dignity. Of the dignity that smells. That crunches.
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No me he ido, es sólo una interferencia; es un otoño.
Madrid, tan depredadora como siempre, se cubre de hojas que suenan como los huesecillos de los niños en Kenia. El crujir que llega hasta los ojos. Ese crujir que nos mancha y nos infecta. El mismo que nos mantiene vivos.

Te confieso que no he tomado los antibióticos porque la infección es lo que me queda de ti. Mantengo la fiebre dentro, le acoto el territorio, le digo: conquista mis venas, toma mi estómago y hazlo alimento, lícuame la nostalgia sucia que se clava en mis pulmones, pero jamás toques mi mente. Mi mente dejadla en silencio, que hace tiempo que ya es desperdicio.

Protejo mi vientre de tanta limpieza, te lo juro, me repito como credo: mi piel está poblada por cien mil millones de bacterias hambrientas, mi estómago la habitan otras tantas, mi sangre lleva fiebres del sur que me vuelven loca en el norte. Y así me duermo, acunada por el rumor de lo enfermo. Tratando de huir del silencio pulcro, como de tanatorio, que me recuerda a la paz descrita en los diccionarios. Los diccionarios siempre tan limpios y tan mentirosos. Olvidemos los conceptos, tachemos, tachemos, tachemos, y entonces sabremos que hemos vivido.

Los hijos de los otros dirán que las venas llevan sangre. Los nuestros gritarán que las venas son cañerías. Los otros cerrarán la boca, los ojos, el sexo, para disimular que maduran por dentro. Nosotros nos dejaremos invadir por virus y aguas sucias,  celebraremos así el desprenderse de la vida. No vivamos. Dejémonos ir, que es más bello y compasivo.

Pertenecer al residuo, eso es, de esa dignidad hablo. De la dignidad que huele. De la que cruje.



1 comment:

  1. Haciendo distinción entre "nosotros" y "otros", me he sentido... no sé cómo explicarlo.

    Eme. Exótica.

    No te he sentido tan lejos desde que te leo.


    B.

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