Thursday, 1 August 2013

eiθ = cos θ + i sen θ

I've been like this for days; with a cold sadness entangled in my braid. I doesn't hurt, it doesn't bleed, I forget about it times and at times it disturbs me. I drink coffee in the morning and do bills. That is what it is to be an adult: soak everything in coffee, everything: ruins, failures, loves, memories. A zebra gallops across the garden, fleeing something or looking for its place. Someone asked me once: are your trips a flight or a search?, and it seemed like a very intelligent question, because I was very young and I really liked pompous things. Now I know that to flee and to search is the same: they are things that matter until you forget. Like the anguish of the immigrant: when you grow accustomed to it you forget, and then you will be only a foreigner with a strange accent and a lost air.

Monica told me that her mother bled to death when she was four. Now Monica is seven. To other people she says that her mother burned to death. To others that her mother starved to death. Each time a different story, but the account persists. Monica finds in the death of her mother the reason for her life, for her cruelty. Her teacher called me because she bites the rest of the kids. That Monica bites worries the teacher, but she doesn't know that the damage is distinct: Monica kills insects absently during recess, and then she looks at her companions and tells them: your mother will die and then you will be alone. The rest of the children, terrified, trust her, because she knows what she is talking about: she witnessed the death of her mother.


At her age I had a silk worm that died. I cried a whole week and talked about it for months. What luck I had.

Another of the girls, Mw, escapes to cry on her mother's grave, inconsolable. She doesn't remember her name. Nor what she looked like. She only has a tomb. At times I think that it isn't even her mother, that Mw one day said: this tomb without name is my blood. To have her own place in the world.

John was witness to how a truck destroyed his in Mlolongo. They were going to visit his grandparents. It was the 24th of December.

They talk of this things while they play. They tell me them at meals. Since they don't have family they make of the death of their mothers their land, their universe. Not as something sad but as a warm womb where they belong.


Nor do they look for compassion. They look for quite the opposite: to provoke rejection. They think: we can talk about our broken mother, that makes us invulnerable, that makes us invincible. Think about it, whoever is able to talk about their mother exploding while eating and while playing, is capable of anything.

And I tell them: kids, you have to be happy, you have to learn, you have to strive to be good.

And they look at me from their trench and they say yes, yes.


I give them pencils and they draw on the walls, and they look at me to see if I am angry, because I have a mother and I haven't seen her die, and I don't want to think about my mother dieing. That makes me weak, and they know it. They know that drawing on the walls is bad and angers me. And they look at me proudly.


It's war: I fight to save them and they fight to prove to me that they are adults locked in the bodies of children. That they have already seen enough. That they don't want to color or sing stupid songs.


Alright, kids, no more games. What, then?

Coffee. They ask me for coffee.

And we have coffee for breakfast all together, and we embark on our day with that bitter taste in our mouths of being adults. Them in school, living with children blessed with marvelous ignorance. Me with my patients, blessed by the most absolute indifference.


And at night, before going to sleep, they kiss me and hug me. They kiss me and hug me for real. And they breath in my perfume and lay their head on my chest. 3 seconds. Their childhood lasts 3 seconds. They quickly go back to being the small adults that quietly climb the stairs to the bedroom, killing the spiders that they find on the way.

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Llevo unos días así; con una tristeza fría enredada en la trenza. No duele, no sangra, me olvido de ella a ratos y a ratos me aturde. Bebo café por la mañana y hago cuentas. Eso es ser adulta: empaparlo todo en café, todo: las ruinas, los fracasos, los amores, los recuerdos. Una cebra cruza al galope el jardín, huyendo de algo o buscando su sitio. Alguien me preguntó una vez: ¿tus viajes son una huída o una búsqueda? y me pareció una pregunta muy inteligente, porque era muy joven y me iban mucho las cosas grandilocuentes. Ahora sé que huir y buscar es lo mismo: son cosas que importan hasta que te olvidas. Como la angustia del inmigrante: cuando te acostumbras te olvidas, y entonces eres tan sólo un ser extraño con acento raro y aires perdidos.

Mónica me ha contado que su madre murió desangrada cuando ella tenía cuatro años. Ahora Mónica tiene siete. A otras personas les cuenta que su madre murió quemada. A otras que su madre murió de hambre. Cada vez la historia cambia, pero el relato persiste. Mónica encuentra en la muerte de su madre la razón de su vida, de su crueldad. Su profesora me ha llamado porque muerde al resto de los niños. A la profesora le preocupa que Mónica muerda, pero no sabe que el daño es distinto: Mónica mata insectos distraída en los recreos, y entonces mira a sus compañeros y les dice: vuestra mamá va a morir y entonces estaréis solos. El resto de los niños, aterrados, confían en ella, porque sabe de lo que habla: fue testigo de la muerte de su madre.

A su edad tuve un gusano de seda que se murió. Lloré una semana entera y hablé de ello durante meses. Bendita suerte la mía.

Otra de las niñas, Mw, se escapa a llorar sobre la tumba de su madre, inconsolable. No recuerda su nombre. Ni su aspecto. Sólo tiene una tumba. A veces creo que ni siquiera es su madre, que Mw un día dijo: esta tumba sin nombre es mi sangre. Por tener un lugar propio en el mundo.

John fue testigo de cómo un caminón destrozó a la suya en Mlolongo. Iban a visitar a sus abuelos. Era 24 de diciembre.

Hablan de esas cosas mientras juegan. Me lo cuentan en las comidas. Como no tienen familia hacen de la muerte de sus madres su tierra, su lengua, su universo. No como algo triste si no como un vientre caliente al que pertenecen.

Tampoco buscan compasión. Buscan todo lo contrario: provocar rechazo. Piensan: somos capaces de hablar de nuestra madre destrozada, eso nos hace invulnerables, invencibles. Pensadlo, quien es capaz de hablar de su madre reventando mientras come y mientras juega, es capaz de todo.

Y yo les digo: niños, tenéis que ser felices, tenéis que aprender, tenéis que luchar por ser buenos.

Y ellos me miran desde su trinchera y dicen que sí, que sí.

Les doy lápices y pintan sobre las paredes, y me miran para ver si estoy enfadada, porque yo tengo madre y no la he visto morir, y no quiero ni pensar en mi madre muriendo. Eso me hace débil y ellos lo saben. Ellos saben que pintar en las paredes está mal y me enfada. Y me miran orgullosos.

Es la guerra: Yo lucho por salvarles y ellos luchan para demostrarme que son adultos encerrados en cuerpos de niños. Que ya han visto suficiente. Que no quieren colorear ni cantar estúpidas canciones.

Está bien, niños, no más juegos. ¿Qué entonces?

Café. Me piden café.

Y desayunamos café todos juntos, y emprendemos nuestros días con ese sabor amargo en la boca de ser adultos. Ellos en el colegio, conviviendo con niños bendecidos por la maravillosa ignorancia. Yo con mis pacientes, bendecidos por la más absoluta de las indiferencias.

Y por la noche, antes de irse a dormir, me besan y me abrazan. Me besan y me abrazan de verdad. Y aspiran mi perfume y apoyan su cabeza en mi pecho. 3 segundos. 3 segundos dura su infancia. Vuelven rápidamente a ser pequeños adultos que suben las escaleras en silencio hacia el dormitorio, matando las arañas que encuentran por el camino. 

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