Monday, 21 October 2013

leftovers

The only thing that I can do is control myself.
 
Feeling my pulse in my wrists while the world goes to hell, so slowly that it ends up beautiful. The tragic is exhibitionist. It is harmonic. Violence has that speed that is only found in war. The rest, we are scraps. And you know who takes care of scraps? Carrion beasts, my love. So either we are on the side of those who eat, or on the side of the leftovers.
And you know that since long ago I was on the side of the losers. Of those who swallow. And I think I lost again. So I breathe, slowly, hoping I don't know what, in this strange vertigo. The remedy is to fill one's stomach as much as possible, so that the food overflows so much that it reaches the heart, and the mind, and plugs the throat and the sobs. Eat so much that your blood rushes to your stomach and you don't have the strength to even tremble.
 
Hyenas crowd under my window and laugh. Fuck you, I say. Let your laughter fuck your throats, I say. And they laugh. And they laugh. And their chaotic and asymmetric laughter reminds me of everything I've lost. And I crawl into bed and the moon pours through the skylight. And I sigh. And everything doesn't matter.  
 
There is a scalpel on my nightstand next to the primperan. A scalpel small and silver like remains of rain. I run my fingers along its edge before bed, like a rosary, as if thus I had control: I walk the cliff path. I am tired.
 
Today you told me that loosing is a symptom of having fought and that the fight is the only thing that moves the world.
 
That I've leaped without fear of greatness (the greatness of failure, of damage, of loss). And that moment of bravery was worth it. Because again my hands are empty, but my voice pronounces distant languages, my hands have gone beyond the chains, and my eyes have seen a thousand lives about to explode. I live that way, out in the open. Scared and alone. And foolish. Failing beyond my means. But without gags. And once again it was worth it.
 
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Lo único que puedo hacer es controlarme a mí misma.

Sentir el pulso en mis muñecas mientras el mundo se va a la mierda, tan lentamente que hasta resulta bello. Lo trágico es exhibicionista. Es armónico. La violencia tiene esa velocidad que sólo se encuentra en la guerra. El resto somos sobras. ¿Y sabes quién se encarga de las sobras? Las bestias carroñeras, mi amor. Así que o estamos en el bando de los que comen, o en el bando de las sobras.

 
Y sabes que hace mucho tomé partido por el bando de los que pierden. De los que tragan. Y creo que he vuelto a perder. Así que respiro, despacito, esperando no sé qué, en este extraño vértigo. El remedio consiste en llenarse el estómago lo máximo posible, para que la comida rebose tanto que llegue al corazón, y a la mente, y tapone la garganta y los sollozos. Comer tanto que la sangre se localice en el estómago y no tenga fuerzas ya ni para temblar.

 
Las hienas se agolpan bajo mi ventana y ríen. Qué os jodan, digo. Que la risa os joda la garganta, digo. Y ríen. Y ríen. Y su risa caótica y asimétrica me recuerda todo lo que he perdido. Y me meto en la cama y la luna se cuela por el tragaluz. Y suspiro. Y todo da igual.

 
Hay un bisturí en mi mesilla, junto al primperán. Un bisturí pequeño y plateado como restos de lluvia. Paso mis dedos por su filo antes de dormir, como si fuera un rosario, como si así tuviera el control: recorro la senda del acantilado. Estoy cansada.

 
Hoy me has dicho que perder es síntoma de haber luchado y que la lucha es lo único que conmueve el mundo.

 
Que he saltado sin miedo a la grandeza (la grandeza del fracaso, del daño, de la pérdida). Y ese momento de valentía ha valido la pena. Porque de nuevo mis manos están vacías, pero mi voz pronuncia idiomas lejanos,  mis manos han ido más allá de las cadenas, y mis ojos han visto mil vidas a punto de estallar. Vivo así, a la intemperie. Asustada y sola. Y tonta. Fracasando por encima de mis posibilidades. Pero sin mordazas. Y una vez más ha merecido la pena.

2 comments:

  1. Escribes fiero, niña.
    Una preciosidad como ordenas las palabras. No te quiebres y cuídate.

    Un saludo (el primero)

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