Tuesday, 5 November 2013

Kibera

There are no monsters under the bed; they are all in Kibera. They hide there in the mud, disguised as cheap drugs and rusty syringes.
It's almost midnight, the hour when men are less men and more peed pants. I'm sitting in the car, next to a Duka la Dawa; a semi-destroyed pharmacy advertising condoms on the door.

I like Kibera at midnight because it is beyond all pretense. There are no outward appearances. The mud is mud, and the drunk that's sprawled out fifteen meters away, with a badly sown Virgin Mary on his shirt, truly believes in the saving grace of a piece of cloth.
In school they taught us a song that we were supposed to sing before sleeping to have the Virgin Mary cradle us in her arms. I remember that the song spoke of a blanket of moons and stars and it seemed beautiful and warm. Now, however, on a November night, about to rain, the blanket of moons and stars that covers Kibera seems threatening.
I feel like crying when I think of the Virgin Mary because I remember my mother, and I remember how hard she prays for me, how much she wants me safe.
We also prayed in school for the poor, but prayer after all is language and is distance. The poor for which I prayed did not shit on themselves nor have traces of vomit even in their lacrimal. The poor for which I prayed in school were kids with soft skin and big eyes.

Now I don't pray anymore. When I am scared I breathe slowly and feel like my blood, in fear of spilling, hides in my womb. Life manifests itself thus, like a complaint, like a rebellion: Girl, more fucking and less dying.

We've brought medicine to a patient called Beatrice. She has the name of a muse and a lover. -Do you know who Dante is?- I ask Dr. Fayez. He shakes his head, and I shrug. I know that knowing doesn't do any good; if they shoot you, the first thing to spill (before blood, before guts) are memories. Here what is good for something is cut and sow. Cut and sow and be silent. Cut and sow and be silent and run. But Beatrice has a name of love, and I cannot get it out of my head. She has a name of loves and the body of a sick woman. She is alcoholic and young. Her clothes are pure stain. Sickness is turning her into a liquid, and the liquid is nothing more than escaping soul. Thus, with her smell on my fingers, I come home. I clean my hands a thousand times with Dettol, but it doesn't do any good: the odor of her rotted soul is harder to remove than cocoa stains. If I was 24 years old and lived in Madrid my hands would smell of the good kind of love, not of rusty death. If I was 24 years old and in Madrid it would be 10 at night, and I would call my mother and ask her the best way to remove the stain.

I come home at dawn. The rains have returned. I think of Beatrice and think about what would happen if life gave her a second chance: she would again fill herself with everything. That's the way things are. I think of myself and of what I would do if I could start anew: I would fuck it up the same way, because failure is the fucking Garden of Eden.

But returning would be a mistake; for Beatrice and for me. Because it turns out that shit will be shit, but it is our's own shit. And returning involves going back to a place that is no longer mine. What would I do with this smell that I have on my hands? These are the stains that I know of. Staining myself with red wine would make me feel so far away. So alone. So far away.


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No hay monstruos debajo de la cama; están todos en Kibera. Se esconden allá entre el barro, disfrazados de droga barata y jeringas oxidadas. 
Es casi medianoche, hora en la que los hombres son menos hombres y más pantalones mojados. Estoy sentada dentro del coche, al lado hay una Duka la Dawa; una farmacia semidestruída que anuncia condones en la puerta.

Me gusta Kibera a medianoche porque está más allá de todo fingimiento. No hay apariencias. El barro es barro, y el borracho que yace a quince metros, con una virgen mal zurcida en su camisa, realmente cree en la gracia salvadora de un trozo de tela.
En el colegio nos enseñaron una canción que debíamos cantar antes de dormir para que la virgen María nos acunara en sus brazos. Recuerdo que la canción hablaba de un manto de lunas y estrellas y me parecía hermoso y cálido. Ahora sin embargo, en plena noche de Noviembre, a punto de llover, el manto de lunas y estrellas que cubre Kibera me resulta amenazante.
Me entran ganas de llorar cuando pienso en la virgen María porque me acuerdo de mi madre, y me acuerdo de lo fuerte que reza por mí, de lo mucho que me quiere a salvo.
También rezábamos en el colegio por los pobres, pero el rezar al fin y al cabo es lenguaje y es distancia. Los pobres por los que yo rezaba no se cagaban encima, ni tenían restos de vómito hasta en el lacrimal. Los pobres por los que rezábamos en el colegio eran niños de piel suave y ojos grandes.

Ahora ya no rezo. Cuando tengo miedo respiro despacio y siento cómo la sangre, por miedo a derramarse, se esconde toda en mi vientre. La vida se manifiesta así, como una queja, como un rebelarse: Niña, más follar y menos morir. 
Le hemos traído medicación a una paciente que se llama Beatrice. Tiene nombre de musa y de amada. -¿Sabes quién es Dante?.- le pregunto a Dr. Fayez. Niega con la cabeza y me encojo de hombros. Sé que saber no sirve de nada; si te disparan, lo primero que se derrama (antes que la sangre, antes que las vísceras) son los recuerdos. Aquí lo que sirve es cortar y coser. Cortar y coser y callar. Cortar y coser y callar y correr. Pero Beatrice tiene nombre de amores y no puedo sacármelo de la cabeza. Tiene nombre de amores y cuerpo de enferma. Es alcohólica y joven. Su ropa es pura mancha. La enfermedad la está convirtiendo en líquido, y el líquido no es más que alma que se escapa. Así, con su olor en mis dedos, vuelvo a casa. Me lavo las manos mil veces con Dettol, pero no sirve de nada: el olor de un alma podrida es más difícil de quitar que las manchas de cacao. Si tuviera 24 años y estuviera en Madrid mis manos olerían a amor del bueno, no a muerte oxidada. Si tuviera 24 años y estuviera en Madrid serían las 10 de la noche, y llamaría a mi madre para preguntarle la mejor forma de quitar la mancha.

Vuelvo a casa de madrugada. Las lluvias han vuelto. Pienso en Beatrice y pienso en qué pasaría si la vida le diera una segunda oportunidad: volvería a meterse de todo. Así son las cosas. Pienso en mí y en lo que haría si pudiera empezar de nuevo: La cagaría del mismo modo porque el fracaso es el puto jardín del Edén.

Pero regresar sería un error; para Beatrice y para mí. Porque resulta que la mierda será mierda, pero es mierda propia. Y regresar supone volver a un lugar que ya no es más mío. ¿Qué haría yo allá con este olor que llevo en mis dedos? Estas son las manchas de las que sé. Mancharme de vino tinto me haría sentirme tan lejos. Tan sola. Tan lejos.

4 comments:

  1. Olá, bom dia.

    O tempo é de luzir. Então cada um de nós que busquemos o nosso Sol.
    Ele paira, e nos convida ao aquecimento do cotidiano. Não por que queremos, mas por que o tempo, exige em exposição, que cada um de nós, busquemos o nosso lugar. Abraços.

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  2. Adoro tanto cómo escribes que me siento mal por leerte, por escribirte, como una voyeur en la esquina donde se apagan las colillas antes de entrar. Pero aunque no te escriba estoy aquí y te leo y miro siempre. Deseando tener el truco para quitar esa mancha, para salvar a Beatrice incluso de sí misma. :(

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  3. "Rezar es lenguaje y distancia".......... qué buena definición, has dado en el clavo, lo pienso citar en mis catequesis, no lo dudes.

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  4. Mi eterna contradicción vital hace q esté de acuerdo contigo y a la vez me rebele a estarlo.
    Por pensar, tonta de mí: "Quizá mañana. Quizá haya aprendido. Quizá dejaré de hacerlo todo al revés. Quizá no tenga que avanzar golpeándome con todo".

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