Wednesday, 12 February 2014

Death only exists in loving

I am alone in the world and I get older with the expiration of medicine. Throwing out a box of painkillers forcibly (each tablet that I throw out a privilege because I have endured valiantly this feeling bad without breaking down and crying until I drown, and without dying like a castrated dog) into a plastic bag with which I could choke myself if I had the courage of a god. But no one has taught me to kill myself. Nobody has told me about it. They taught me to digest and cross the street, to medicate myself, to cry. But nobody taught me how tie a Carrefour bag around my neck, as if it were the helmet of an astronaut who wants to travel to heaven. I am alone in the world and I cannot kill myself.

So I flee the terrible sound of time that chews my bones. I lock myself in the bathroom with a stethoscope through which thousands of heartbeats have traveled . A stethoscope that keeps the heat of fevers. I close my eyes and pass the tips of my fingers across the base. It sounds like torn skin or wind. Something like that had to have been the beginning. Something like that will be the end.

A sick man flushes the toilet in the bathroom next door and his shit brings me back to life. I hear him say: I feel better, yes, I am much better. But his words evaporate and ascend, they traverse the walls of the hospital and go beyond the clouds and birds, until it crashes into the belly of a plane full of people that don't know that down here we are dying of fear.

At night I turn the pages of my passport and calculate the miles that separate me from that silly and bright adolescence (my pimply face shone, my eyes full of dreams shone, and my life full of hours shone). I think I have traveled to hide from the years, but death is savage capitalism, the fucking bitch advertises herself in the furthest corners. Drink Coca-Cola on Kilimanjaro and die on the Nile. Or the reverse. Or whatever. We're going to die anyway. Why kill ourselves.

In the end death only exists in loving.

Because we are cowardly dogs.

And we die without knowing that now, as we talk, we are a bit of dust caught in some wind.

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Estoy sola en el mundo y envejezco en la caducidad de las medicinas. Tiro una caja de analgésicos con fuerza (cada pastilla que tiro es un privilegio, porque he aguantado valientemente este sentirme mal sin romper a llorar hasta ahogarme, y sin morir como una perra castrada), en una bolsa de plástico en la que podría ahogarme si tuviera cojones de dios. Pero nadie me ha enseñado a matarme. Nadie me ha hablado de ello. Me enseñaron a digerir y a cruzar la calle, a medicarme, a llorar. Pero nadie me ha enseñado cómo anudarme una bolsa del Carrefour al cuello, como si fuera una escafandra de astronauta que quiere viajar al cielo. Estoy sola en el mundo y no puedo matarme.

Así que huyo del sonido terrible del tiempo que me mastica los huesos. Me encierro en el servicio con un estetoscopio por el que han viajado miles de latidos. Un estetoscopio que mantiene el calor de las fiebres. Cierro los ojos y paso la yema de mis dedos por la base. Suena a piel rasgada o viento. Algo así tuvo que ser el principio. Algo así será el final.

Un enfermo tira de la cisterna en el baño de al lado y su mierda me devuelve a la vida. Le escucho decir: me siento mejor, sí, estoy mucho mejor. Pero sus palabras se evaporan y ascienden, atraviesan los muros del hospital y van más allá de las nubes y los pájaros, hasta chocar contra la barriga de un avión lleno de gente que no sabe que aquí abajo nos estamos muriendo de miedo.

Por la noche paso las páginas de mi pasaporte y calculo los kilómetros que me separan de esa adolescencia tonta y brillante (me brillaba la cara llena de granos, me brillaban los ojos llenos de sueños y me brillaba la vida llena de horas). Pienso que he viajado para esconderme de los años, pero la muerte es capitalismo salvaje, la muy zorra se anuncia en los rincones más lejanos. Bebe cocacola en el Kilimanjaro y muere en el Nilo. O al revés. O da igual. Vamos a morir igual. Para qué matarnos.

Al final la muerte sólo existe en el querer.

Porque somos perros cobardes.

Y nos morimos sin saber que ahora, mientras te hablo, somos un poco de polvo enredado en algún viento.

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