Monday, 28 April 2014

Catequesis para escombros



 I

La eternidad es lo opuesto al reposo;
es la fatiga, es la esperanza mal soñada,
es existir en un inhalar constante.
Imagíname tristísima para siempre.
No, gracias.
Prefiero consagrarme al sudor de un cuerpo,
o a una mortalidad furiosa.
(El amor sólo es si se acaba;
sólo puedo cerrar los ojos 
si sé que serán las mismas bacterias
las que nos coman:
a ti,
a mí,
y a los perros.

II
 
Que los niños no pierdan la fe,
que pierdan los dientes de leche y los juguetes,
que pierdan el llanto y el pecho materno.
Pero no la fe.
Porque esta es un himen;
por ahí empieza la guerra,
por ahí te quiebran la bondad.

Te rompen y sangras
manchando las sábanas que te arropan.
Jamás, jamás se repara.
Te quedas abierta para siempre.
Desprotegida
ante lo bueno y lo malo.
(ambos brotes de un embrión común:
el dedo acusador del dios que sea.)

 III

La gente dice que he huido, que soy mala o estoy rota. Pero no entienden que sentía mi vida como un tren que avanzaba. Me fui para no morir arrollada. Para que no me amputaran por ejemplo las ganas, o el camino.

Por eso odiaba tanto el metro,

Pensaba que era el olor a vejez, que me bebía a sorbos.

Pero no.

Era la metáfora.

Era la sensación de que un día el tren vendría, y yo cerraría los ojos
y entonces me convertiría en perra muerta,
o en basura.

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