Sunday, 20 July 2014

Hospital III

Vivir en un hospital conlleva el luto y el silencio;
en la puerta hay siempre madres que lloran a sus niños,
y niños que lloran a sus daños.
Limpio las ventanas todos los días para deshacerme de la desesperanza
que mancha los cristales e intenta colarse en mi dormitorio.
Mi basura es una mezcla de mis restos y de los de otros,
y eso me asusta,
me repugna,
pensar que en mi basura puedan encontrar, por ejemplo,
un bebé muerto,
y que ni siquiera sea mío.

Hay un gimoteo constante allá afuera,
que se expande deteriorándolo todo: la piel, los ojos, las venas.
Estoy tan fea,
tan dañada,
sin embargo no puedo mostrar la herida,
no hay sangre, dicen,
pero yo insisto, yo soy la herida,
una herida blanca, como un hambre brutal
que nadie más siente.

Cuando alguien muere, viene gente de su tribu
y hacen rituales, muy bellos,
bailando entre la locura y la ciencia,
llorando en lenguas raras a otros dioses
que fracasan igual que el mío.
Yo soy el horror del que mira,
yo soy el no encontrar alivio nunca,
a pesar del hechizo.
Así que cierro los ojos y me rasco sin querer
la fe moribunda que me infecta,
hasta convertirla en gangrena.

Los muertos son el porvenir,
dice un loco,
y se crea un porvenir espléndido
de una cuchillada en las muñecas.
Su sangre mancha mi jardín,
y la ropa tendida.
Así que voy a tener que inventar un dios
de ojos abiertos y manos de carne
que me ayude a limpiar esta creación suya
que se desparrama en la tierra
y en mi casa.

No comments:

Post a Comment