Sunday, 1 March 2015

Desde los baños del hospital VII

Los pacientes llaman al ibuprofeno Dios. Llaman Dios a las manos del médico. Dicen gracias, gracias, y bendicen la mugre en cada amanecer. Y en cada anochecer blasfeman arrodillados: maldito, maldito, ven a comernos, cómenos o sálvanos, pero no este daño, no este mearnos encima.

Yo, que sé del hambre sádico de los dioses, me conmuevo, borracha y feliz, porque soy joven y mi bata es blanca y por dentro me pudro pero aún nadie lo sabe. Nadie me ha mordido tan hondo, nadie aún. No todavía.

Envejezco día a día en un verano perpetuo, se me caen los amores como dientes de leche y los guardo en una caja de antibióticos. Los enfermos me besan los dedos, los enfermos me observan, los enfermos lo saben, los enfermos saben de mi desobediencia y de mi corazón pequeño. Los enfermos saben que ahogo mis veinte años en su daño para no ser yo la responsable de la leche cortada, de esta vida estéril, de esta juventud que ya no, que no más.

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The patients call ibuprofen God. They call the doctor's hands God. They say thank you, thank you, and bless the shit each dawn. And each sunset they blaspheme on their knees: dammed, damned, come and eat us, eat us or save us, but not this harm, not this pissing on us.

I, who know of the sadistic hunger of the gods, I am moved, drunk and happy, because I am young, and my coat is white, and on the inside I rot, but no one knows it yet. No one has bit me so deep, no one yet. Not yet.

I get older day by day in this perpetual summer, loves fall like milk teeth, and I save them in an antibiotics box. The sick kiss my fingers, the sick watch me, the sick know, the sick know of my disobedience and of my small heart. The sick know that I drown my twenty years in their pain to not be the one responsible for the sour milk, for this sterile life, for this youth that no longer, that no more.

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