Thursday, 13 August 2015

life

Primero me asusté.
Había sido tan dócil hasta entonces,
me había creído tan útil,
mejor que los viejos y su paz,
mejor que los enfermos que se orinaban en las camas.
No lloré,
pero
la vieja vida
y yo tan joven
y de pronto tantas ganas de morir.

Empecé a bailar vals sola en la casa,
y en los pasillos del hospital,
con un sentimiento de extrañeza cogiéndome de la cintura
llevándome así, girando por cada error,
evitando la línea recta de la cuchilla,
evitando la línea recta del final.

Estoy en la ducha y cierro los ojos y el placer y el agua.
De pronto las mujeres del desierto me cogen de los pelos
y me gritan y me gritan y me golpean el corazón
con sus botellas vacías de plástico sucio.
La sed en el cuerno de África, Dios mío,
y yo escupiendo agua limpia sobre mi pecho.

Estoy de pie, desnuda, en la cocina,
sangrando la guerra doméstica,
porque a la vida le gusta herir
todo aquello que puede ser herido.
Mi marido mira hacia otro lado.

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