Friday, 16 October 2015

Vivir en este hospital, donde el dolor es un hábito, me ha anestesiado. 
Ya no siento el asco.
Miro la sangre como si fuera vino derramándose en la encimera.
Camino por los pasillos a medianoche, sabiendo que mi casa está llena de enfermos que llenan mi día a día de historias dulces, de recuerdos, de malhumores que nacen del daño.
Y yo vivo entre ellos. Les doy los buenos días y las buenas noches. Como si fuéramos una gran familia. Una gran familia cuyos miembros cambian continuamente; a veces mueren, a veces se curan. Nunca vuelvo a verlos. 

Cuando me alejo de mi hospital-hogar bailo. A veces me dejo desnudar, a veces. Y amo en otras lenguas, me abandono a cuerpos que están del lado de la vida y son un ancla. Me desafían a reconocer que no es demasiado tarde. Los fluidos son entonces dulces. Me dejo manchar. Me dejo exceder. Cojo mi vida de forma agresiva y sin escrúpulos y me la trago junto al amor. 
Nunca vuelvo a verlos. 

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