Friday, 1 January 2016

1/1/16

Uno de Enero. Silencio en el Hospital. Tarareo I wish you were here de Pink Floyd mientras miro por la ventana del pasillo de la quinta planta. El paciente de la 523 estuvo a punto de morirse el día de Navidad, aunque él no lo sabe. Me ha contado que en su país, Ucrania, la gente no tiene sexo, los niños vienen de las plantaciones de col. -¡Europa está perdiendo su identidad! -afirma. Qué es la identidad de todas maneras, me pregunto. Somos pedazos de huidas y malamores. No somos personas, somos Enero. Somos Viernes. Al paciente de la 523 le da miedo morirse sin haber amado. A mí también. Quiero que me abrace pero me da vergüenza  pedírselo. 

Los de la habitación 423 son refugiados Somalíes. Siempre que entro en su habitación están rezando. Ahora ya sé en qué dirección está la Meca. A veces les observo rezar, me quedo quieta en un rincón de la habitación casi sin respirar y miro sus labios recitar en árabe, su frente contra el suelo, sus manos vacías pidiendo, pidiendo, pidiendo. Así voy yo por la vida, con las manos extendidas, entregada por completo al descontrol, con las manos como alas, intentando volar en esta caída libre. Y no matarme. 

La niña masaai de la 429 tiene nueve años, pero aparenta 4. Es preciosa y su mirada es como la de una de las santas de las estampitas que mi abuela tenía en su mesilla de noche. A veces me siento en el borde de su cama y nos miramos y sonríe e intenta alzar su mano y tocar mi pelo. Su cuerpo es territorio arrasado y lo sabe. Me da miedo que se muera. Me da miedo llegar una mañana y no encontrarla. Me da miedo mi miedo. 

La muerte deja las habitaciones desoladas, como las ciudades después de una guerra, la muerte convierte mi hogar en una herida abierta y a mí en una perra abandonada que olfatea los restos y llora un poco antes de seguir viviendo. 



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