Thursday, 7 April 2016

Hay un piso en la pequeña Mogadishu en el que no hay muebles; sólo alfombras y un pequeño lavabo, anclado a la pared, para lavarse antes de la oración, antes de comer y después del sexo. El piso suele estar lleno de hombres somalíes, que hablan y beben a escondidas; piratas, comerciantes, hombres casados que necesitan dos horas por 500 chelines para estar solos.

A veces entro, cubierta con un niqab negro. No saludo, voy directamente a la habitación del fondo desde donde se ve el sol poniéndose detrás de la mezquita. Nadie jamás me molesta. Nadie sabe quién soy. Desde la ventana vigilo un rato, escribo, escucho. A veces tengo compañía. A veces la vida me pasa allá, escondida. A veces el cuartucho es casa. A veces es exilio. A veces juro que jamás volveré, pero siempre guardo la llave. 

Todos los que estamos ahí tenemos algo en común: no queremos ser vistos. Nadie pregunta la razón. Antes de entrar a la casa hay que susurrar: "Khatam Allah". Mi compañero me explicó un día, mientras me colocaba el velo y sacudía el polvo de mi hijab, que son las palabras de un verso del Quran en el que Allah dice: "And we have put a curtain infront and behind them so they cannot see..." 

Una tarde, uno de los somalís escuchaba música en su móvil, habían comprado unos altavoces baratos y las melodías se colaban en mi habitación. De pronto empecé a escuchar a Julio Iglesias cantando "Es la historia de un amor como no hay otro igual/ que me hizo comprender todo el bien, todo el mal/ que le dio luz a mi vida/ apagándola después..."

Mi compañero miraba mis ojos, lo único visible de mi cuerpo además de mis manos. -Es Español, ¿verdad?- preguntó.

Yo asentí. 

Y entonces bailamos.

Allá afuera los hombres de bocas cerradas.

Y aquí adentro, nosotros, bestias de bocas abiertas. Tratando de sobrevivir a esto que nos pasa, que carece de término médico, pero que nos deja sin respiración y dolor de costillas.







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