Sunday, 12 June 2016

Madrid. Por la ventana veo las golondrinas que van llegando de África, cansadas, como yo. Un señor grita en la calle que todo se va a la mierda y un joven grita: "¡Laura, te quiero!". Luego pasa una ambulancia y unos niños salen del colegio. El asfalto caliente huele a infancia, y los nardos que tengo sobre la mesa huelen a mi vida lejos, a mi hogar en el ecuador. Es Ramadán y el sol se pone tarde. Es Ramadán pero llevo minifalda; me niego a que la gloria de ningún Dios me condene.

No tengo tiempo más que para olvidar el daño, como los muertos o los santos. Así que me tambaleo entre las horas, recorriendo las calles tratando de recomponer la vida que tuve aquí; conozco mi idioma y sin embargo me exilio de él. Sin embargo me asusto en otra lengua y a veces pienso que soy tan sólo una chica fragmentada en acentos.

Pero llorar, ay, llorar se llora igual. Es sólo un dejarse ir.  Así que cuando me olvido de cómo se vive, lloro. Y entonces la falta de hogar ya no importa. Y entonces el exilio es sólo palabra. Porque el llanto me convierte en agua. Y el agua es fácil. El agua es.

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