Friday, 28 October 2016

Viernes



En Kenia las jacarandas ya están en flor, poniéndolo todo perdido de morado. Aquí, miles de kilómetros al norte, todo es mucho más decepcionante, más comedido. Escribo compulsivamente sobre tratados de paz, escribo compulsivamente la guerra, listas de la compra, y caritas sonrientes o tristes en los márgenes de la vida.

Cada vez que establezco una conversación con otro inmigrante le pregunto que si es feliz aquí, deseando que diga que sí, que diga la palabra casa, que me de una razón. La semana pasada una familia de inmigrantes de Pakistán nos enseñaba las pústulas en la piel de su niña de cinco años. La sentaron sobre la encimera de la cocina de un concurrido restaurante indio que regentaban. Al nuestro lado unos trozos de carne de pollo hacían chup-chup en una salsa que parecía curry. El asco me salvó, como siempre, devolviéndome a la realidad. Mi vida se basa en el amor y en la guerra, conceptos abstractos a los que no me puedo agarrar cuando me pierdo.

Me siento inútil en lo fácil, como en querer a gente, ca(n)sarme, tener hijos, dar un paseo por el parque o ver la tele sin asustarme. Esta tierra está llena de gente que contabiliza ganancias, vacaciones, joyas, vestidos, recetas, amigos. Yo contabilizo despedidas.

Y melancolías, que son como animalitos de garras afiladas que se alimentan de todo lo dulce que tengo dentro, dejándome vacía.

N dice que me agarre a los sueños.

Yo le digo que los sueños son la basura del cerebro.

N dice: "I know it's scary, habibti, but that's why we work hard; we say alhamdulillah for all what we got and we pray."

Yo le digo : Love-is-a-wound-in-the-world. Y nos estamos coagulando, joder. 

:) :) :) :) :) 








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