Saturday, 26 November 2016

Cada vez que pienso en ti, bebé, recuerdo el campo de refugiados de Dadaab, en el país del que vienes. Pasé una de las últimas tardes en la Unidad de Cuidados Intensivos pediátrica de un pequeño hospital, a veinte kilómetros de la frontera con Somalia. Hacía calor. En las camas yacían niños, algunos con sus jovencísimas mamás, otros solos. El suelo estaba manchado de orines. Las moscas nos sobrevolaban. Un enfermero me hablaba de datos, el analista de seguridad me metía prisa, debíamos cruzar el desierto antes de la puesta de sol o nos saltaríamos el toque de queda. 
Antes de irme vi a un niño esquelético, al que se le podían palpar los huesecillos. El enfermero dijo que iba a morir. Levanté la cámara para hacer una foto; en el momento en el que disparé el niño abrió los ojos y miró fijamente al objetivo. El analista insistía en que debíamos irnos. El niño me siguió con la mirada. No publiqué la foto. La miro y me arrepiento de no haberle cogido en brazos, de no haberle acariciado las manos. La miro y pienso en ti, bebé, que estás seguro y creces tranquilo. Pienso en la tristeza de su madre. Pienso en mi suerte. 

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