Sunday, 27 November 2016

La melancolía nos muerde siempre el estómago. Echamos de menos las cosas más simples. En Central Kenya es muy típico juntar rebanadas de pan de molde con mantequilla, hay gente que se hace torres de hasta ocho rebanadas. Se acompañan con té azucarado en tazas de plástico. Recuerdo el té de las 12, cuando Ndung'u y yo recorríamos los poblados bajo el sol, y llegábamos a algún puestecillo donde vendían soda y pan. Nos comíamos un paquete entero y seguíamos. Sabía a vida.
N me explica que cuando él era pequeño en Kenia no existía el pan de molde, cuando empezó a venderse en su ciudad fue toda una revolución. Las rebanadas de pan con soda son para él la salida del colegio, la adolescencia, la vida en la Kenia rural.
Cuando hablamos de recuerdos comemos pan.
Es entonces cuando la vida espesa y se hace lenta y dulce. Entonces la ternura. Entonces hablamos del lago y de las colinas de Ngong, de los remedios caseros, la miel, los dulces indios para celebrar los nacimientos, los dátiles que rompen el ayuno en Ramadán, los grandes animales observándonos desde lejos, los monos colándose en la cocina. Esa vida pequeña y extraordinaria.
Cuando termino el té el regusto amargo del último sorbo me revuelve los miedos.

-Hakuna shida, everything is gonna be alright- promete N- umesikia, ma'am? (¿entendido?) Me habla en swahili de poblado, para que la promesa de que todo estará bien cale hondo, hasta las raíces, hasta el bebé.

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