Friday, 9 December 2016

9

Mezclo los huevos y el azúcar, mientras los recuerdos de mis 15 años me entorpecen el pulso. Las meriendas con amigas de la infancia me invitan a la traición. Me dejan un regusto dulce en la boca del "si" mágico, de la posibilidad del todo, de las medias rotas y el volver a la minifalda. Aún no es tarde. Aún no es tarde.

La nostalgia tiene los mismos síntomas que un catarro mal curado. No me deja respirar. Me empaña los ojos. Acaba en un pañuelo arrugado.

Me siento frente a la chimenea después de trabajar. Después de ocho horas pensando la guerra. La comida casera me sabe a estar enferma. Me siento enferma. Pero no lo estoy, sólo estoy resquebrajándome, la vida me está anclando sus raíces en el vientre y duele.

Pienso en Alia, en la guerra que se llevó su infancia y la convirtió en esposa cuando tenía 12 años. Su marido luchaba en la frontera, en el desierto. Ella buscaba agua, incansable, con un bidón de aceite vacío sobre su cabeza. A veces los coches de los contrabandistas paraban a su lado y le daban un poco. Algunos días volvía a casa seca. Cuando supo que estaba embarazada sonrió.

Yo la miré espantada, yo miré espantada al doctor.

Ella dijo: espero que no sea una niña.

Y todos rezamos porque así fuera.

El desierto mutila a las niñas.






No comments:

Post a Comment