Saturday, 10 December 2016

9.5

La llamada a la oración,  el Adhan, despierta a Alia. Se cepilla con cuidado el cabello enmarañado y desenreda las pesadillas que encuentra entre los nudos. Se lava rápidamente con cubo de agua fría y se cubre con su niqab negro, preparada para rezar antes de que el sol alumbre el desierto. Al inclinarse se siente enferma, pero no debe interrumpir el rezo, no debe romper el tiempo sagrado. Vomita sobre la alfombra y llora. Limpia la casa con la rama de un árbol. No tiene apenas agua, y la que hay la reserva para cuando su marido vuelva de la frontera. Bebe los restos de la leche de camella que no se tomó en la cena, las náuseas le obligan a beber a pequeños sorbos. Se coloca el bidón de plástico sobre la cabeza y emprende su camino hacia la carretera que conduce a la capital, donde pasan los grandes jeeps del gobierno y las ONGs. Por el camino se encuentra con otras mujeres y acelera el paso para unirse a ellas. Son de otro clan, pero les une la sed. Les une el género. Les une el desierto. Son los hombres los que pelean. A medio camino Alia se sienta sobre una roca, mareada. Algunas mujeres la observan luchar contra las náuseas. Una de ellas le pone la mano en el vientre.

-Un bebé puede ser tan malo como la malaria -dice una de ellas- pero en vez de matarte, te convierte en madre. 

Después de llenar de bendiciones a la niña, las mujeres siguen su camino. Alia decide desviarse e ir hacia uno de los campos de refugiados, donde a veces llegan voluntarios con agua. Sin embargo antes de llegar encuentra un charco donde un par de críos chapotean. La temporada de lluvias forma pequeñas lagunas durante la noche que se evaporan rápidamente durante el día. Se apresura a llenar su bidón de agua mientras los niños la salpican. Les envidia. Ella jamás pudo jugar en los charcos, mientras los niños correteaban por el desierto las niñas ayudaban en las tareas domésticas.   

Alia tiene doce años. Lleva 20 kilos de agua sucia sobre su cabeza. Lleva una vida en su vientre. El estómago plagado de monstruos y náuseas. Y el corazón contento porque ha conseguido agua. No hay mayor alegría, no hay mayor éxito. 

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Comparto la historia de Alia mientras bebo agua mineral, fresca, para aliviar las náuseas. Estoy sentada en la cama, con el portátil reposando sobre el vientre donde me crece una vida, como a Alia. El agua es cotidiana, abro el grifo y sale limpia, cada vez que quiero. 
También se me enredan pesadillas en la trenza, pero se me olvidan después de la ducha. 
Y recuerdo todas las veces que de niña salté sobre los charcos. Me bañé en los lagos. Jugué en los ríos. 
Con doce años tuve un novio que me regalaba anillos de plástico. Y para mí eso era el amor. Juré que nunca me casaría y que sería exploradora. Mi madre cargaba la mochila a la salida del colegio cuando pesaba demasiado, mientras yo engullía el sándwich de queso que me había preparado como merienda. 

Lloraba desconsoladamente cuando me obligaban a recoger la habitación.

O me obligaban a comer alubias. 


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