Friday, 16 December 2016

Las navidades pasadas. ¿Te acuerdas, Hams? Al principio las sondas deformándote la nariz. Después las comidas en esa bandeja metálica de hospital. La cicatriz cruzándote el abdomen, violenta, como la de un muerto. Querías morir, Hams, y sobreviviste. Yo me sentaba en el sofá de tu habitación, al final del día, observándote sufrir por estar vivo y sintiéndome miserable por desear que no murieras.

Gané yo.

Las inyecciones, las pastillas, las horas muertas que invadían tu cuerpo, eran declaraciones de amor, promesas de futuro, esperanzas. Y tú las vomitabas. Y tú las tosías.

Estuve en el quirófano el día que te operaron de urgencia. Vi tu carne herida. Entendí el riesgo. Dos monos golpeaban la ventana, el cirujano se reía. Se escuchaba la musiquilla estridente del árbol de navidad que habían colocado en el pasillo de Cuidados Intensivos. Te toqué la frente y te supliqué que no murieras en Nochebuena. No por ti. Por mí.

Ha pasado un año, Hams. Y te sigue doliendo. Y me sigues doliendo. No pasaremos la nochebuena en un hospital africano. Pero seguiré pidiendo que te tomes las pastillas. Seguirá significando: quédate en mi vida.

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