Sunday, 4 December 2016

Por las noches N me describe una Kenia completamente nueva para mí: la Kenia de la población india. Me habla de magia, de oro, de bordados, del olor a canela, de los ritos, de los miedos. He vivido el último año una vida extraordinaria, mi cocina huele a curry y a jengibre, mis muñecas están cubiertas por decenas de pulseras llenas de colores, he aprendido que el alimento es magia, y que la vida está llena de matices que antes ignoraba.

La madre de N dice que si como naranjas el bebé será precioso. Me prepara infusiones de menta y especias que alivian el estómago y los sueños tristes, borda para mí vestidos de telas preciosas, me enseña a hacer mantequilla, dulces indios, comidas para ser feliz. Me cuenta historias que me hacen volver a la infancia y abrir los ojos como si tratara de abarcar esa nueva realidad de golpe. Todos los días, al ponerse el sol, cierra la puerta de la casa y se cubre el cabello. Antes de rezar nos dice: no salgáis ahora, los Jinn (seres invisibles que viven entre nosotros y que entienden el idioma de los ángeles) están rondando en busca de información. Y entonces los niños se quedan muy quietos y las mujeres rezan, y los hombres rezan, y los gatos se acurrucan en los rincones, y los perros no ladran. Después del rezo el miedo pasa y todos vuelven a la alegría y al ruido. 

También nos aconseja que nos mantengamos alejados de los lagos.

-Te voy a contar una historia -dice justo cuando termina la cena- yo tenía una amiga llamada Ruksana. Era India, musulmana, estaba bien casada con un punjabi. Él era un hombre rico pero su dinero venía de algo sucio, muy sucio, ya sabes, cosas que no están bien. Drogas, no sé. Cosas malas. Tenían dos hijos. Ella me llamaba a veces y me decía que sentía que tenía que irse, que debía abandonar al marido, que algo malo iba a suceder. Era una mujer muy espiritual, practicaba la medicina tradicional y yo le llevaba a mis niños cuando se ponían malos. Un día se fue con su familia a Naivasha, de picnic en la orilla del lago. Ese lago está maldito. Todos los lagos de este país están malditos; es una lástima, tan hermosos y tan crueles. Como iba diciendo, fueron a pasar un día en familia, pero cuando empezaron a comer, Ruksana vio como un hombre surgía del agua, cubierto de algas, y caminaba hacia ellos señalándoles. El marido no vio nada, pero ella insistió en que debían irse y huyeron de vuelta a Nairobi. Aquella misma noche les sucedió una terrible desgracia y tuvieron que dejar a los niños y abandonar el país. 

-¿Qué desgracia? -pregunté.

-No hablamos de ello -contestó.

Aisha, la hermana de N, asentía.

-Cuando cumplí nueve años decidí celebrarlo con amigos en Nakuru - Aisha rompió el silencio en voz baja, como contando un secreto. Empezó a llover con fuerza y la madre se levantó a cerrar las ventanas. Llovía como llueve en el Ecuador; como si el cielo se hubiera desbordado de tragedias.

-Habíamos quedado en un pantano con otras familias de la India. Aquella mañana mi madre mencionó que sentía que no debíamos ir. Sin embargo cancelar un evento así era impensable; cada familia había preparado algo de comer y mi padre insistió en que todos los niños se decepcionarían. Durante el corto camino en coche se pinchó una rueda. Mi madre, mal humor,  murmuraba una y otra vez que una mala sensación le estaba mordiendo el estómago. Kilómetros más adelante un árbol se había partido y había bloqueado el camino. Entre todos logramos apartarlo, mientras mi madre permanecía sentada en el asiento del copiloto aterrada de miedo. Una vez llegamos se relajó, empezó a hablar con el resto de los padres mientras preparaban el picnic. Los niños decidimos irnos a explorar la zona. Uno de ellos, de cinco años, le pidió a su madre una lata de soda. Su madre le dijo que no, que podría beber el refresco después de jugar. Todos nos dispersamos. Cuando los adultos nos llamaron para ir a comer, me acerqué al lago a lavarme las manos y entonces lo vi: el cuerpo de un niño flotando boca abajo. Grité y los padres vinieron. El cuerpo fue arrastrado por una corriente y desapareció. La madre del niño gritaba: "¡Le negué un refresco y ahora está muerto! ¡Le dije que no y ahora está muerto!" Nadie pudo hacer nada. Jamás volví a celebrar mi cumpleaños. Los guardias pasaron días buscando el cuerpo sin éxito. 

-¿Jamás encontraron el cuerpo?- pregunté extrañada.

- Días después tuve un sueño -el padre de N, Arif, intervino por primera vez en la conversación. -Soñé con que el cuerpo aparecía entre unos juncos, al este. Llamé a la familia y a los guardias. Los guardias rieron; pero la familia se dirigió hacia el lugar de mi sueño inmediatamente. Encontraron al niño. 

La lluvia seguía desplomándose sobre la tierra.

-El agua -murmuraba la madre. -Los lagos están malditos, no vayáis a los lagos.

Todos miraban por la ventana.

Yo posé mi mano sobre mi vientre, que era agua, que era un lago en el que crecía una vida. Que era agua buena, agua en calma. 





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