Wednesday, 4 January 2017

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Sueño con las veces que he mecido en mis brazos niñitos azules, bebés de hielo bautizados en el llanto de la madre. Los malos sueños son sólo basura. Mientras desayuno reconstruyo recuerdos bellos; los voy hilando en las pastillas blancas, en el trozo de pan con miel, en las caricias a mi vientre.

Pienso, por ejemplo, que el día en el que conocí a tu padre yo menstruaba. Fue en el pasillo de un supermercado hindú. En la sección del pan. Me encontraba enferma. A tu padre se le cayó una caja de fresas al suelo, una se estrelló en mi vientre y me manchó la blusa blanca. Cómo pude ignorar esa señal durante los dos años que tardamos en encontrarnos de nuevo. 

Recuerdo cómo siglos después nos refugiamos de la lluvia en un café de moda, en pleno corazón de Nairobi. La mesa estaba cubierta de flores de jacaranda a medio pudrir. A nuestro lado pasaba un río llenito de mierda. Un mendigo meaba en la orilla mientras cantaba una canción sobre el niño Dios. Tu padre me pidió matrimonio y me colocó en el dedo la anilla oxidada de su llavero. Fue todo tan feo, tan feo, que debía ser real. Sí, dije. Sí a lo real. Sí a la fealdad del mundo. Sí a tu padre que era sincero y que jamás había visto una película de amor. 

Así paso las semanas, Farah, haciéndote una cuna con los restos del pasado. Narrándote las manchas de té. Nombrando el viaje. Nombrándote. 

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