Monday, 2 January 2017

Monday

Las conversaciones más sinceras que tuvimos Hams y yo tuvieron lugar en el hospital. Al principio la muerte rondaba su cama, vieja zorra, susurrándole al oído dulzuras que provocaban que mi amigo cerrara los ojos y se dejara acunar por ella.

-Hams, no me jodas, abre los ojos -le ordenaba yo, muerta de miedo.

Y él los abría y me saludaba.

Hablaba durante horas sobre la guerra, sobre los Rusos y el Comunismo, Engels y la revolución, el amor libre, Lenin, oh Lenin y el sexo, Lenin y la Appassionata de Beethoven. Lenin le cabreaba.

-Escucha, Friday, al diablo conmigo -decía a veces. Y vomitaba.

Me empezó a llamar Friday porque me identificaba con el personaje de Daniel Defoe, yo era el Friday caníbal que moriría en una batalla de alta mar.

-Me cuidas porque quieres devorarme, maldita- susurraba a la muerte, me susurraba a mí.

Hams es una herida abierta en mi mundo, aún infectada, que a veces me rasco y sangra. Éramos dos tipos perdidos en un hospital que convertimos en isla desierta. La muerte era el mar.

Y las horas perdidas nuestra balsa.
















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