Monday, 27 February 2017

20

La única vez que mi marido me pidió que me cubriera el cabello fue hace siglos; llovía y mi negación se confundió con las gotas de lluvia que golpeaban la ventana. Las regla dramáticas -y las de la vida- asumen que el conflicto empieza cuando uno de los personajes dice no. Con la desobediencia. Pero nosotros somos expertos en saltarnos las trampas que nos va poniendo la diferencia de cultura.

Aquella noche esperábamos recibir a un Imán de Arabia Saudí acompañado de su mujer. Venían a casa.

-Es mi territorio -comencé a explicar, sin embargo no fue necesario decir más. Me dio la razón antes de que me diera tiempo a elaborar un discurso político sobre mis razones de no usar el velo islámico en mi casa. Con el paso del tiempo y de la convivencia, y después de muchas discusiones y lecturas, él mismo se posicionó en contra de la necesidad de cubrirse como símbolo religioso. Llevo el hiyab cuando entramos en una mezquita, al igual que lo llevo cuando acudimos a algún templo hindú.

Durante la cena la conversación se centró en religión y cultura, afluentes que inevitablemente desembocaban en el amor, la familia y la muerte. Cómo se debe sacrificar un animal. Cómo tomar por esposa a una segunda mujer. Cuando vas al cielo, ¿qué ocurre si tú deseas estar con tus dos mujeres y sin embargo una de ellas sólo quiere estar contigo? ¿De quién es el cielo entonces? ¿Quién verá sus sueños cumplidos al final de la vida?

Al día siguiente iba a tener lugar un eclipse solar y las mujeres me avisaron de que en su cultura las embarazadas debían permanecer en casa.

-Tampoco debes manejar cuchillos u objetos afilados -me advirtió  la esposa del Imán. -Mi hermana hizo caso omiso de los consejos y decidió pelar una manzana mientras el eclipse sucedía; su hijo nació sin un dedo.

-Y debes ducharte antes y después del eclipse, para espantar la mala energía- añadió otra de las comensales. -También debes lavar tus ojos con orina.

Mi marido sonreía a mi lado. Yo asentía. Hacía años que había aprendido a disfrutar de otras culturas sin sentir mi identidad amenazada. Me limitaba a escuchar y a sorprenderme.

Sin embargo aquella noche mis sueños se poblaron de imágenes terribles: Me encontraba sola en el desierto y un hombre, el Imán, me acusaba de no pertenecer a esa tierra. En ese momento sentí que el latido de mi bebé se paraba, abandonaba mi cuerpo pero podía sentirlo en el suelo quebrado y árido del desierto. Yo siempre sería una exiliada en tierra de nómadas, una exiliada de piel enfermiza. Mi hija sin embargo pertenecía a ese sol, a ese polvo.

Me desperté llorando y me aferré a mi marido. -Olvida los malos sueños -dijo mientras ponía su mano en mi vientre y sentía a nuestra hija moverse. -Duerme en la luz.

Volví a cerrar los ojos y me dejé llevar por la paz extraña en la que vivía, la realidad rara en medio de mi vida de sésamo, incienso y menta, dos nombres, dos lenguas, dos sangres mezcladas en una. Moab y Jericó, Jesús, Mohammed, Palestina, ¡ay, Palestina!, Lorca, la Andalucía perdida, Darwish, Babilonia la Grande, el Cantar de los Cantares, Egipto, Siria. Todo en la historia, todo en nuestras venas, ¿y para qué soñamos? ¿Contra qué soñamos? Somos solo egos tratando de hacer historia, tratando de conseguir que las canciones del futuro hablen de hombres y mujeres valientes, y que esos hombres y mujeres seamos nosotros. 

No comments:

Post a Comment