Monday, 6 March 2017

21

I

Agosto. Finales de los noventa. Debía tener unos nueve o diez años. Pasábamos unos días con mi padre en un pueblo costero de Castellón. Tres críos, un bebé, un padre que no sabía ser padre y una niñera llamada Marina.

Marina quería morirse pero no tenía agallas para matarse. Por las noches, cuando nos creía dormidos, escuchaba cómo hablaba con Dios: "Ay, diosito, llévame o tráeme la alegría." Una noche le pregunté que por qué rezaba en voz alta.

-Porque así las palabras ascienden al cielo -contestó convencida.

Empecé a imaginar entonces las palabras como algo sólido, algo material. La palabra, dicha, deviene realidad, se vuelve divina. Años más tarde, comparando las cicatrices de mi piel con las de mi alma, pude comprobar cómo las heridas de dentro -causadas por palabras- sin duda dolieron más que las físicas.

Por las tardes bajábamos a jugar a un parking. Yo me dedicaba a confeccionar coronas de jazmín que lucía unas horas, orgullosa, hasta que la podredumbre apagaba el aroma de las flores y Marina gritaba: "¡Esa niña siempre con basura en la cabeza!" Qué razón tenía.

Una noche, mientras Marina hablaba con Dios, la música de un bar invadió la habitación. Recuerdo escuchar una canción machacona muy de moda por entonces, típica canción de verano. Lloré de melancolía sin saber por qué. Lloré de melancolía por una felicidad que aún no conocía. Lloré por todos los amores que perdería en el futuro.

Una década -y algunos años- más tarde, me encontraba sola en un hotel de El Cairo, en pleno Heliópolis. La habitación daba a un jardín donde se celebraba una boda. La novia llevaba un vestido cubierto de diminutas lentejuelas que reflejaban los focos de la pista de baile improvisada. Intentaba dormir cuando empezó a sonar la misma canción que años atrás, siendo niña, me había hecho llorar.

Lloré entonces consciente de cada pérdida. Lloré por el pasado, por el amor perdido, por las heridas. Lloré porque el vestido de la novia me parecía espantoso. Y lloré de paso por el futuro, porque me moría de miedo.

II

Una gata vigila mi embarazo. Una gata negra, salvaje, medio loca, que sólo se vuelve dócil cuando se tumba sobre mi vientre de cinco meses. Todos los días a la misma hora entra en casa y comprueba que Farah se mueve. Entonces se duerme, se duerme en la vida. Es una gata tan negra que parece casi azul. Como Dios. Mi marido dice que Krishna, dios hindú, es del color que tiene el cielo antes de llover. O del color de esta gata herida. Yo pienso que es un color adecuado para Dios, y entonces le tengo simpatía, porque le veo en la compasión animal, en los chuchos callejeros y en los días tristes.





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