Wednesday, 8 March 2017

Somalia

Todos los noticiarios hablan de ello: Gran hambruna en Somalia.

De nuevo la sequía. Los camellos descomponiéndose en el desierto. Los niños famélicos mamando de las tetas de la muerte. Los que estábamos ahí llevamos más de un año advirtiéndolo, pero parece que el mundo solo se mueve a ritmo de estadísticas. ¿Cuántas muertes son demasiadas para el duro estómago del político? ¿Cuántos niños han de morir para que empiece a importarnos?

Hace dos años una mujer suplicaba a unos guardias para que dejaran entrar a sus hijos a un recinto, perteneciente a una ONG internacional, donde un tanque estaba perdiendo agua.

-¡El agua se está gastando! -gritaba. -¡Dejad que los niños la beban!

Los guardias miraban impasibles a la mujer y a sus críos.

Después de más de cuatro horas de súplicas, la mujer ordenó a uno de los niños que trepara la verja para llegar al agua. Los guardias dispararon al chico.

Su sangre se derramó en el desierto y las aves carroñeras se apresuraron a beber de ella.

Nadie jamás habló de aquello.

Tan sólo era un niño, un refugiado.

Las muertes han de ser numerosas para que los vivos den cuenta de ellas. Hay que morir como ríos, no como gotas.


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