Thursday, 20 April 2017

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Desde niña me ha obsesionado el amor; lo he pensado, analizado, llorado. He dibujado corazones en todas las pizarras del colegio durante la educación secundaria, poniéndome perdida de tiza, poniéndome pérdida de qué.

Más tarde el amor era un sí, un tragarse al otro, un dejarse tragar. Y leer compulsivamente para entender. Y escribir para ser amada, escribir para no morir. El confort de la calefacción que te seca por dentro y te enferma dulcemente. Un piso con ascensor. El esfuerzo de estar. Diluirse en el miedo a estar sola. Pensar que el amor es duro. Es lucha. Duele. No.

No. El amor es fácil. El amor es este día a día feliz, beber leche a morro, hablar la vida, hablar la muerte. El amor no insulta, no anula, no te impide crecer. El amor construye caminos. Es comer del mismo plato. Son horas en silencio que pasan como un río; nutriendo, fáciles, puliendo las rocas. 

Es pensar: Ójala mi hija tenga un día un amor así. Por ella misma. Por otro. Ójala Farah ame algún día a alguna persona con tanta luz como su padre. 

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