Tuesday, 30 May 2017

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Las reuniones de pre-producción suceden en Madrid como si la ciudad fuera un gran estómago que mezcla imágenes del desierto con comida basura, limonada, asfalto derritiéndose ante el verano, minifaldas, meadas en los rincones y olor a jazmín.
Discutimos la historia de un niño que aprendió a disparar en nombre de Alá antes de saber que Alá era el nombre de Dios. Saboreamos un helado. Continuamos contando la historia de una cría a la que casaron con doce años y jamás conocerá la dulzura de ser niña de rodillas heridas, de ser niña de beber leche a morro, de ser adolescente enamorada.

Cada historia vale unos cuantos miles de euros bien contada; bien vivida no vale una mierda, y bien sufrida o bien sangrada menos aún.

Siempre hablo de la responsabilidad de contar historias para cambiar el mundo.

Empiezo a avergonzarme de que escribir y filmar sobre la mutilación de un clítoris, la violación de una niña o el terrorismo islámico vayan a pagar la educación de mi hija mientras dejamos a las protagonistas de las historias enterradas en el desierto.

La diferencia entre mi hija y esas niñas es que ella nacerá en esta parte del mundo. Tan sólo eso. Cómo contarlo. Cómo escribirlo. Cómo educar.






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